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miércoles, 8 de abril de 2009

El vecinito

Una historia con el vecinito es algo que compartimos de manera secreta muchas mujeres, como los primeros escarceos con alguien de la familia (en mi caso un primito). Tengo que decir que a partir de mi "relación" (por llamarlo de algún modo) con mi jefe ha habido muchas experiencias de este tipo, pero ésta fue la primera (la primera seria, se entiende. Todas tenemos alguna anécdota de adolescencia con el vecino con el que jugábamos de niñas o con algún otro vecino mayor que siempre nos había gustado y de repente, a los catorce o quince años, nos veía de forma diferente).
Empiezo donde lo dejé. Había vuelto de Semana Santa con las pilas cargadas. Pero mi jefe seguía un poco reticente, aún le pesaba lo que había pasado. "Marta -me decía-, no sé si puedo dejar este peso en tus manos". Yo lo entendía. No sabía si podía confiar en mí. No sabía si podía estropearlo todo, yendo más lejos, o cometiendo algo que no tuviera remedio. A mi pesar, lo entendía, porque ni yo misma estaba segura de que fuera a controlar las situaciones. Había visto por primera vez la parte más oscura de todo ese mundo.
Quiero aclarar que a veces tampoco entendía a mi jefe. Por un lado me estaba pidiendo poder confiar en mí, por otro que me arriesgara. Lo digo porque, a pesar de todo el asco, había algo en el episodio con el fontanero que había terminado por gustarme. Esa sensación de caer en un abismo del que no conoces el fin tenía también su lado "amable". Una parte de mí se había excitado al dejar hacer, al sentirme utilizada y no poder evitarlo. Entonces, ¿por qué en conjunto estaba mal? Esto lo entendí más tarde (no me atreví a plantear mis dudas entonces). El riesgo es necesario, pero hay que evitar el peligro. Son conceptos diferentes. Por otro lado, el riesgo hay que tomarlo como parte de un juego. Cuando el resultado de que el episodio salga mal es demasiado caro, no compensa el premio (que es la excitación o el placer).
Sé que cuando me pongo en este plan no resulto tan interesante, pero es parte importante para entender mi relación con mi jefe. Algunos de los que me leéis os habéis referido a él como un amo de sadomaso y a mí me habéis visto como una sumisa. Reconozco que algo de eso hay, como de muchas otras cosas en nuestra relación. Pero mi jefe no se centra en su propia excitación o en su placer, ni en mi dolor, o mi sumisión completa, como lo haría un amo. La primera intención de mi jefe fue siempre abrirme a un mundo diferente, en el que soy yo quien debo entrar si quiero, en el que soy yo quien descubro. Parte del placer que conseguía mi jefe con esta relación se debía a eso. Por eso, no me veréis usar un lenguaje muy técnico de sadomaso o como se llamen esas disciplinas, porque ni siquiera lo conozco. Lo que nos importa es conseguir la excitación plena, el éxtasis. Eso cada vez se vuelve más difícil. Y a veces eso nos hace ir demasiado lejos. Ahí es donde debe aparecer ese control del que yo carecía el día del episodio del fontanero. Para adquirir el conocimiento de ese control aún faltaba mucho. Creo que, aún hoy, a veces se me va todo de las manos.
Está bien, basta de filosofías y vamos con el tema. Mi jefe tardó otra semana en llamarme al despacho y preguntarme si realmente quería continuar con todo aquello. Sonreí, porque estaba esperando un movimiento por su parte que no llegaba, cerré la puerta de su despacho con el pestillo y me desnude por completo. Él no dijo nada. Me acerqué a su sillón y le lleve una mano a mi culo. Se entretuvo acariciándome primero las nalgas, después mi sexo, ya húmedo. Empecé a sentir que se me iba la razón. Le dije: "si quieres, salgo ahora mismo así al pasillo". El hombre sonrió y me dijo "quita, quita, que me arruinas". Dejó de tocarme y me dijo que me vistiera. Que volviera a la dirección donde tenía aquel piso por la tarde, después de las clases que tenía en la uni. Las clases, creo que ya lo he comentado, eran nocturnas, única forma de combinar trabajo y estudio, así que, en principio, salía de ellas a las diez de la noche. Muchas veces me las fumaba, dependiendo del profesor o de la materia. Las hay que no necesitaban que aparecieras por clase nunca. Ese día salí a las nueve y estaba en casa de mi jefe a las nueve y media.
Mi jefe me dijo que me iba a dar una idea que podía generarme muy buenos ratos. Era una forma de explicar a un desconocido que una persona hiciera una locura como desnudarse en la escalera. La idea era tan sencilla, y tan divertida, que no entendía cómo no se me había ocurrido.
Me dijo que quería que la practicara con un vecino de esa casa. Un joven de unos 30 años que por lo que él sabía era un tanto raro y solitario. Nunca le había visto con una mujer. Apenas saludaba en el ascensor. Las veces que habían coincidido le había dado una impresión muy clara. No le extrañaría que aún no hubiera visto una chica desnuda en su vida.
30 años, por lo que me llevaba más de diez. Para mí no es que significara demasiado (mi jefe tenía más de 40 por entonces). Significaba según quién fuera el que los tenía. Desde luego no me era muy atractivo en un hombre inexperto. Recuerdo que le pregunté a mi jefe si era guapo, aunque en realidad no me importaba demasiado, porque ni sé qué me respondió. El juego empezaba saliendo al rellano desnuda. Bueno, tan solo con una toalla.
Subí las escaleras hasta el cuarto, planta donde vivía este chico, respiré hondo y pulsé el timbre. Abrió casi al momento. No es que fuera muy guapo, ni feo, pero tenía la cara típica de no haber roto un plato. Un "buenito" que, como estaba en su casa, y me parece muy bien, pues estaba con una ropa bastante informal. Camiseta por fuera, pantalón de pijama y zapatillas de andar por casa. El tío se me quedó mirando con una expresión de asombro absoluto. Claro, imaginaos que os encontráis en vuestra puerta con una chica que solo lleva una toalla. Yo sonreía como una tonta y le dije que por favor me dejara pasar, que necesitaba su ayuda. El chico se lo piensa, me mira de arriba a abajo, se lo vuelve a pensar y al final abre la puerta y me deja entrar.
Lo primero que le dije al cruzar el recibidor fue "Dios que vergüenza. Oye, no quiero molestarte, pero necesito que me ayudes". (Es la forma de empezar este juego). A continuación le expliqué lo que ocurría. Estábamos jugando mis amigos y yo a un juego parecido al trivial pero con toque erótico. Estaban jugando dos parejas y yo. Al principio iba ganando, pero una mala racha me había desprovisto de toda la ropa y como después de desnudarme no podía hacer nada más (las novias de mis amigos no estaban dispuestas a que ellos me tocasen o me hiciesen algo más allá de verme desnuda) se les había ocurrido que tenía que cumplir una prenda con un vecino de la casa. Por eso estaba allí. Todo lo dije con una sonrisa nerviosa. El pobre tío ni se movía, ni hablaba. Parecía un muñeco delante de mí, que me miraba de vez en cuando la toalla que, como era la misma de la última vez que estuve en casa de mi jefe, ya sabéis cuánto tapaba.
Le dije que tenía que desnudarme delante de él, y lo hice. Me quité la toalla y la dejé en un sillón. Volví a repetir "que vergüenza" y me cubrí el rostro con las manos, cosa que aproveché para mirar su bulto bajo el pantalón de pijama, ya bastante grande. Después le dije que mis amigos me pedían una prueba de que realmente había cumplido. Para ello, él tenía que escribir algo que llevaba en un papel. ¿Y dónde llevaba el papel? No tenía bolsillos y no lo llevaba en la mano. "Lo tienes que sacar tú -le dije-. Hazlo con suavidad, por favor". Me apoye en la mesa del comedor y abrí las piernas, mirándole a los ojos. El tío no se lo creía. Me miró de arriba a abajo de nuevo y se quedó mirando mi sexo. Yo lo abrí con dos dedos y le dije "ayúdame, porfa. Necesito terminar con esto cuanto antes". El tío no esperó que se lo pidiera una tercera vez. Puso su mano en mi sexo y yo retiré la mía. En lugar de meter los dedos en busca del rollito que en realidad me había metido mi jefe, empezó a frotar lentamente. Creo que se me encendieron las mejillas. No creáis que era tan normal para mí estar ahí, desnuda, con las piernas abiertas, dejando hacer a un desconocido. Quizá debía haberle dicho que hiciera lo que le había pedido, pero me subió un acceso de calor y de vergüenza al notar sus dedos ahí. Recuerdo que suspiré. Su otra mano fue a mi pecho y empezó a frotarlo suavemente. Le dije "como sigas así, se va a humedecer el papel y no vamos a saber qué dice. El tío no me hizo caso y yo no insistí. Le dejé hacer. Me estaba masturbando y lo hacía bien, suavemente, sin intrusión, deteniéndose en mi clítoris. Supongo que mis mejillas ya estaban rojas. No puedo esconder mi excitación, y mucho menos un orgasmo real. Se me nota siempre en las mejillas y en los ojos. El orgasmo me llegó en pocos minutos. Después me abracé a él. Suspiré y el vecinito me agarró de las nalgas. "Por favor, haz lo que pide el papel". Me di la vuelta y abrí las piernas. Entonces sí, metió dos dedos, buscó y sacó el rollito de mi vagina. Yo gemí, esperando que siguiera, pero se entretuvo leyendo lo que ponía. Sonrió y buscó una calculadora.
¿Con qué escribo? Me dijo el chico. Me encogí de hombros y le dije si tenía algún rotulador gordo. Cogió uno que tenía para escribir en CDs y, después de hacer unas cuentas con la calculadora empezó a escribir en mi nalga izquierda. Mi jefe no me había dejado mirar el papel, así que no sabía que tenía que escribir. Tardó un buen rato en terminar de escribir en esa nalga y después escribió algo en la otra y me dijo "ya está".
Me di la vuelta, le sonreí y me quedé mirando directamente a su bulto en el pijama. "bueno, le dije, tu me has tocado. No te importará que yo también lo haga". El tío se limitó a encogerse de hombros, y con una sonrisa, le cogí el miembro a través del pantalón de pijama. Parecía enorme y notaba sus pulsaciones. Pero el chico estaba como un pasmarote. Metí la mano dentro del pantalón y toqué directamente el pene, ya completamente erecto. Mis manos empezaron a acariciar el escroto y los testículos y a rozar la piel de su pene, a agarrarlo de repente y apretarlo en mi mano. Estaba muy excitado, tenía miedo de que se corriera, pero él no se movía. Estaba paralizado. Entonces me detuve. Le dije molesta, "parece que no te gusta", y empecé a sacar mi mano de su pantalón pero él me detuvo, cogiéndome de la muñeca. "Sigue, por favor". Yo sonreí.
Le baje el pantalón y los boxer y se los quité. Me excitaba verlo solo con la camiseta y ese pene y su culo que asomaban bajo ella. Me arrodillé y empecé a frotarlo por mi cara lentamente, chupándolo cada vez que mi boca se encontraba con él. Mis manos seguían frotando sus testículos suavemente. Finalmente me lo llevé a la boca. El chico me cogió de la cabeza y empezó a mover las caderas, follándome la boca. En poco más de un minuto, me apretó hacía él, me hizo daño metiéndome el pene hasta la garganta, y se corrió. Me costaba respirar y me daban arcadas, al tocar el pene mi garganta, y el tío estuvo lo que me pareció una eternidad corriéndose en mi boca. No tenía forma de retener el semen, así que me lo tuve que tragar para poder respirar, porque mi nariz encima se pegaba a su piel y me resultaba muy difícil encontrar aire. Cuando me soltó empecé a toser, pero el tío me ayudó a levantarme. Me di cuenta de que su miembro no había perdido ni un ápice de dureza, que seguía erecto y grande. Me dio la vuelta, y me iba a follar cuando le dije que parara. Le pedí que se pusiera preservativo, y me dijo que no tenía. Yo estaba muy excitada. Quería tanto como él que me follara, pero no podía permitirlo sin condón. Tenía reciente la última aventura y dónde habíamos terminado. Así que le cogí de la mano, fui a la cocina y busqué aceite. Me unté en el culo, me introduje los dedos en el ano delante de él, mientras observaba cómo él se masturbaba mirándome, y después me agaché sobre la mesa de la cocina. Allí abrí mis nalgas con ambas manos y le dije "Úsame por atrás, por favor". Recuerdo que le dije úsame, después me divirtió haber usado esa palabra, pero en aquel momento estaba tan excitada que solo quería provocarle. Y funcionó, porque el tío me metió su pene lentamente, pero sin pausa. Me resultó doloroso en la primera embestida. Ya digo que era grande y estaba muy duro, a pesar de haber descargado hacía unos segundos. Después se agachó sobre mí, me agarró de los hombros y empezó a entrar y salir con más fuerza. Notaba que mi ano se ensanchaba y el dolor dejó paso a una sensación intensa, muy morbosa, al sentirme invadida. Empecé a contraer mi esfínter, para complicarle la entrada, y él respondió haciendo más fuerza. Así que tuve que relajarlo para evitar el dolor. Esta vez estuvo un buen rato entrando y saliendo. No sé cuánto tiempo. Mi primer orgasmo llegó enseguida y creo que sumé dos o tres más en el tiempo que él siguió empujando. Empezamos a sudar, nuestra piel resbalaba, pero no disminuyó nada la energía de sus embestidas. Yo estaba cansadísima, pero él estaba sobrado y parecía empujar cada vez más fuerte. Cuando vi que ya estaba cerca, yo estaba fuera de mí, pero también muy cansada, así que en una de las embestidas, cuando estaba dentro, volvía  contraer el esfínter. El tío empezó a empujar más, se abrazó con fuerza para atraer mi culo y entrar lo más posible y al instante noté su líquido caliente dentro. Unos segundos después se apartó y se sentó en una de las sillas de la cocina. Yo me quedé sobre la mesa, extenuada. No me importó que empezara a deslizarse el semen por mi pierna, ni que mi sudor mojara la mesa, a pesar de lo antiestético de la huella de mis senos en ella. Estaba tan cansada que me dio igual todo durante unos minutos.
Aún no me había incorporado cuando él se levantó de su silla y empezó a acariciarme. Yo sonreí. Me gustaba aquel chico. Era muy, muy tímido, y sin embargo sabía tocar. Me levanté y los dos desnudos aún estuvimos un rato besándonos, abrazados, y acariciándonos. Después, le pregunté si se había borrado lo que había escrito. Me contestó que no, sonriendo. Nos despedimos, cogí la toalla y bajé de nuevo al piso de mi jefe.
Ni me acuerdo de cómo baje hasta el piso. Así como otras veces, pasear desnuda a altas horas de la noche por la escalera había resultado una aventura, de ese día, a una hora mucho más temprana, en la que era posible encontrarse con cualquiera que volviera del trabajo, no recuerdo nada. Sin embargo, aún me esperaba una sorpresa. En el piso de aquel chico había estado por lo menos hora y media. Llamé a la puerta del piso de mi jefe. No respondió nadie. Esperé unos minutos. Volví a llamar. Empecé a acordarme de todos los muertos de mi jefe, creyendo que me estaba gastando una broma y que en cualquier momento podía salir un vecino de al lado, o que podían estar perfectamente mirando por la mirilla de alguna otra puerta. Llamé por tercera vez. Después noté un bulto bajo el felpudo, lo levanté y ví que eran mis llaves. No las de ese piso, sino las del mío. El muy perro había podido dejar las de su piso para que entrara, pero solo había dejado las mías, para que pudiera abrir en mi casa. Ni ropa ni nada más. Entonces escuché unos pasos en el piso de abajo. Era alguien que subía por las escaleras. Me asomé con la toalla en la mano, segura de que era mi jefe, y me topé con un hombre mayor, que me miró de arriba a abajo. Me di cuenta de que me había visto entera, así que tan silenciosa como pude corrí escaleras arriba y llamé de nuevo al piso del vecinito. Se me cayó la toalla mientras subía, se me salía el corazón del pecho, pero gracias a dios él si abrió y pude entrar antes de que el viejo llegara a la planta. Le dije que mis amigos se habían ido los muy cabrones, y que necesitaba ropa para llegar a casa. Me dejó unos vaqueros que me venían grandes y una camisa con lo que daba al menos el pego y parecía un poco a la moda. Me dejó también una gorra por si quería pasar más desapercibida. Le pedí perdón y le dije que le devolvería en breve la ropa. Él sonrió y me dijo que encantado, pero que le debía una. Le miré como diciéndole "tu tampoco te sobres". Tuve que recorrer media ciudad así. Y por fortuna, el chico tuvo la ocurrencia de dejarme dinero para el autobús urbano, porque yo estaba tan nerviosa y tan enfadada que ni me había acordado de eso.
Cuando llegué a casa me desnudé, me duché, y después me di cuenta de que ni con el enjabonado de la ducha se me había borrado lo escrito por el vecino. En mi nalga izquierda estaba todo lleno de unos y ceros. En la derecha estaba escrita una cifra más corta, pero con otros números además del uno y el cero. No entendí nada. Pensé en llamar a mi jefe a su casa, a pesar de que podía ponerse su mujer. Aún me duraba el enfado, pero después lo dejé para el día siguiente.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El siguiente viernes de chat (2)

Bien, sigo donde lo dejé. Cuando conecté el chat, mi chico ya estaba esperándome. Me saludó y empezó a contarme cosas que ya habíamos hablado por mail. Cosas de la semana, etc. Mi jefe se había puesto de tal forma que no entraba en el campo de la cámara, pero podía leer lo que escribíamos. Yo estaba nerviosísima.
Quiero aclarar que yo quería mucho a mi chico. Llevábamos mucho tiempo saliendo, con él había tenido mis primeras relaciones sexuales y juntos habíamos descubierto casi todo lo que sabíamos del sexo, que era más bien poco pero suficiente para una pareja corriente que solo quiere sentirse más cerca del otro. Le quería. En cierto modo, sentía que esto era una traición. Por otro lado, continuar como si no hubiera pasado nada era una forma de no alarmarle, de que no se sintiera impotente estando tan lejos. Si le contaba que mi jefe me había descubierto y se estaba aprovechando, se sentiría impotente por no poder venir a "rescatarme". Si le decía que yo lo estaba permitiendo y que había algo que me estaba empujando a mantener ese estado, entonces lo perdería. Pensé en contárselo, pero más tarde, cuando estuviese aquí y como algo ya pasado. Mi prioridad ahora era que todo funcionase bien, que no notara la presencia de alguien extraño, que pensara que todo seguía como siempre. Por eso estaba nerviosa. Mi jefe podía dar un paso en falso (voluntaria o involuntariamente) y romper algo que me importaba mucho. En cierto modo, volvía a estar a merced de mi jefe. Aún no confiaba plenamente en sus intenciones, y tenía miedo de que se descubriera.
Mi jefe pidió que acelerase. Así que le dije a mi chico que se dejase de historias. Que ese día estaba muy excitada. Me preguntó si era cierto y le dije que no llevaba nada bajo la mini y la blusa. Me pidió que se lo demostrara y me abrí la blusa. La mirada se desvió un segundo a mi jefe, que no perdía detalle con una sonrisa. Mi chico me pidió que me dejase la blusa abierta y me quitara la falda. Lo hice, alternando la mirada al ordenador, desde donde me miraba mi chico y a mi jefe. Mi chico se bajó los pantalones y empezó a masturbarse, como solía hacer otras veces.

De nuevo estaba desnuda frente a mi jefe, como el viernes anterior. Y como entonces, comencé a sentir un cosquilleo que me subía por el estómago. Una sensación extraña que aún hoy me cuesta describir, porque en ella se mezclaba la vergüenza y el ridículo, la excitación y el miedo.
Mi chico me pidió que me acariciase. Hay recuerdos que tengo muy vívidos, que no se me borrarán nunca. Entre ellos esta tarde entera. Y hay momentos que aún hoy hacen que me excite solo con evocarlos, como cuando el índice y anular abríeron mi sexo y mi dedo corazón comenzó a frotar el clítoris lenta, suavemente. Mi mirada tímida y excitada se fijaba en los ojos de mi jefe clavados en la escena. Sentirme observada de esa forma me ponía más aún. Mi dedo se entretenía, mientras mi clítoris se abultaba y humedecía. Mis otros dedos abrían más los labios y me sentía más expuesta y cada vez más excitada. No tardé en conseguir un orgasmo. Mi jefe me hizo una seña de que saliera del campo de la cámara. Le dije a mi niño que iba a limpiarme y que esperara un segundo. Fue dejar el campo de visión de mi chico y mi jefe me tomo de las nalgas, puso su lengua en mi sexo mojado y empezó a lamer y mordisquear. No sé si en otro estado lo hubiera soportado, pero estaba tan excitada que ni pensé. Aún estaba sensible mi clítoris con el reciente orgasmo, cada vez que me lo tocaba con la lengua me producía una pequeña agitación. En un minuto estuve de nuevo enloqueciendo. Mis manos acariciaron su nuca. Sus manos, grandes, empezaron a atrapar mis nalgas, a jugar con ellas. Su lengua siguió recorriendo mis zonas húmedas, limpiándome e invadiendo mi interior, y uno de sus gruesos dedos empezó a abrirse camino en mi culo. Yo abrí las piernas, ahogué un grito, me sentí en el cielo.
Después de otro orgasmo, temblando, volví frente a la cam. Mi chico seguía masturbándose. Había empezado conmigo pero al no verme se había enfriado un poco. Me pidió que me quitara la blusa. Mis piernas seguían temblando sin remedio. Tiré mi blusa hacia mi jefe, que la agarró, detrás del monitor. Mi chico me pidió que me diera la vuelta. Quería mirar mi culo. Me agaché, abrí mis nalgas, segura de que mi jefe seguía también mis movimientos. Me pidió que metiera mis dedos en el ano, uno por uno. ¿Cómo iba a saber mi pobre niño que lo que él apenas alcanzaba a adivinar se lo estaba mostrando a otro con mucho más detalle? De nuevo me sentí totalmente expuesta, no solo por estar desnuda. Sentí que podían hacer conmigo lo que quisieran, mi chico y mi jefe. Que me podían pedir cualquier cosa y yo la haría sin queja. Incluso si me pedían hacerme daño. Me sentía como si ya no tuviera nada más que perder. Recuerdo que mi mente se nubló un instante, perdiendo todo juicio. Mis ojos cerrados, de espaldas a mi jefe, con mis manos abriendo las nalgas y dos de mis dedos jugando, entrando y saliendo de mi culo. Me estaba volviendo loca.
Cuando me volví, mi chico ya había eyaculado. Se fue un instante para lavarse y se lo dije a mi jefe. Éste aprovecho para acercar su mano y volver a acariciarme todo el cuerpo. Su simple contacto me producía escalofríos. Estaba muy sensible. Cuando sus dedos se entretenían en mis senos, o en mi culo, o en mi sexo, jadeaba, exhausta por los dos orgasmos recientes. Le pedí que volviera a sus sitio, que mi niño podía verle, pero en aquel instante me habría dado igual todo si él hubiera seguido tocándome de aquel modo.
Por fortuna, mi niño estaba cansado después de terminar. Me dijo que mejor lo dejábamos para otro día y cortamos la comunicación.
Desnuda, miré a mi jefe. Ahora sí estaba sola frente a él. Sola y aún perturbada. Porque lo que le dije a continuación, no lo habría dicho nunca estando serena: "Pídeme lo que quieras".
(Continuaré pronto, lo prometo)

jueves, 16 de octubre de 2008

Sola, desnuda y con mi jefe delante

Hola de nuevo. Siento no escribir con más asiduidad, pero lo hago cuando puedo y no estoy cansada. 

Resulta que mi jefe me  pilló desnuda y atrapada en su oficina y en su despacho. Para colmo, estaba en un juego en el que no podía rescatar la ropa porque la había dejado bajo llave. El pobre hombre no sabía donde meterse y yo mucho menos. Creo que empecé a respirar fuerte, o a llorar, porque mi jefe intentó calmarme. No me tocó. Yo estaba muy nerviosa y, si eso se me notaba, supongo que comprendió que un acercamiento suyo no mejoraría las cosas. Pero empezó a mover sus manos intentando calmarme. Creo que mi jefe estaba tan ofuscado como yo. Por un lado le fastidiaba haberme encontrado así, usando su despacho, y por otro intentaba calmarme porque me veía realmente echa polvo.

Las cosas que recuerdo a partir de entonces no están muy claras. Él consiguió calmarme un poco, supongo. Lo suficiente para hacerme pensar. Creo que me dijo que me vistiese y yo le dije que tenía que coger la ropa de otro sitio. Lo que sí recuerdo perfectamente es que él estaba tan nervioso como yo y que no acertó a apartarse de la puerta cuando yo salía para buscar mi ropa, así que me rocé con él y nos apartamos como del fuego.

El pobre hombre repetía de vez en cuando "Joder Marta" y  no acertaba a decir más, pero no apartaba la mirada. Después me ha confesado muchas veces que se encontraba atrapado entre la comprensión de mi situación y su deseo de verme desnuda y atreverse a más. Cuando fui al cajón donde estaba la segunda llave él siguió mis pasos. Tardé un buen rato en poder abrirlo, imagínate cómo estaría para no poder dar con el cerrojo del cajón. Para cuando saqué del cajón la otra llave, creo que ya le dio tiempo a pensar y decidir, porque fue entonces cuando se acercó a mí y me dijo "espera, dame esa llave". Yo me puse blanca.

Le dije que esa llave era la del armarito y que ahí tenía mi ropa. No recuerdo con qué palabras ni si fue exactamente así, pero él me respondió que debía darme cuenta de mi situación. Que al principio se había bloqueado con el hecho de que yo estuviera desnuda. Pero que si pasábamos por alto eso, la realidad es que yo, que ni siquiera era un empleado, había entrado en su despacho, había encendido su ordenador, había abusado de su confianza. Que había roto algo que para él era muy valioso. Y que todo eso era delito.

Me puse a temblar. 

Como siempre, escribo más de lo que quiero. Otro día sigo.


martes, 14 de octubre de 2008

Me han pillado

Pasó una noche de viernes. No puedo leer lo que he escrito antes y no sé si lo dije ya, pero las videoconferencias las hacíamos los viernes casi siempre. Hacia las siete de la tarde yo me quedaba sola. Mi horario terminaba a las siete y media pero el de los empleados acababa antes, por ser viernes. Durante un buen rato mi chico y yo hablábamos sin más. Nos contábamos qué tal la semana y bueno, qué ibamos a hacer el finde y esas cosas. Hacia las diez de la noche empezaba el juego. A veces me iba pidiendo que me quitara la ropa, a veces jugábamos con unas cartas que había hecho él y que pedían a uno o al otro o a ambos que hiciéramos algo como, no se, sentarnos sin ropa en el asiento de otra persona, o que me metiera por el escote algún objeto de la oficina, o que me pasara el teléfono de algun compañero por mi cuerpo, bueno, juegos.

Ese viernes no recuerdo la hora que sería. Llevábamos bastante rato jugando, por lo que pasaría de las once y media. Mi chico me había pedido que metiera toda mi ropa en un armarito de un compañero que tenía llave y que dejara esa llave en un cajón de otro compañero, también cerrada con llave. Esa segunda llave la dejé a la vista de la cam. Cuando digo toda la ropa digo toda. Era un juego más de los que hacíamos.

No se cuántos días habíamos hecho estos juegos. Esto pasó por febrero, así que ya llevábamos haciéndolo desde octubre del año anterior. No sé cuántos viernes habrían pasado. Si alguien quiere contar, que descuente los de Navidad, que mi chico volvió por entonces. Lo que quiero decir es que ya eran muchos viernes y nunca había venido nadie. Estaba muy confiada. Cómo iba a pensar que alguien se acercaría y menos tan tarde.

Pero ocurrió. Mi jefe abrió la puerta y quizá, mientras oía las vueltas del pestillo, me habría dado tiempo a vestirme a toda prisa si no hubiera estado todo bajo llave. Lo único que acerté a hacer fue cerrar la videoconferencia.

Creo que no me ha dado vuelco el corazón de esa forma nunca antes ni después de aquello. El corazón se me puso a cien, a mil. Creo que podía oírlo mientras me tapaba como podía. No sé si me subió la temperatura pero sentí un calor que surgía de dentro. Seguramente me puse roja. La vergüenza casi me hace desmayarme. Hubo un momento en que me dio vueltas todo.

Me bloqueé. No acertaba a decir nada, empecé a tartamudear saludando (creo). Mi boca temblaba. Estuve a nada de tener un ataque de nervios y empezar a gritar. Pero él me miró y se quedó quieto. Recuerdo que se pasó la mano por el pelo varias veces antes de acertar a decir algo. Resopló varias veces y al final dijo "Joder Marta". Al final, a mí me dio por llorar.

Lo siento, pero seguiré otro día. No esperaba que se me hiciera tan largo, pero necesito contar bien el pasado para que se entienda el presente. Ahora, al contarlo, veo que me gusta revivir lo que ocurrió, aunque por lógica lo hago desde un punto de vista muy diferente al de aquel día.

Un saludo, si hay alguien al otro lado. Me encantaría saber que hay alguien ahí. Todo esto tendría más sentido.

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