martes, 23 de diciembre de 2008

El siguiente viernes de chat (y 3)

"Pídeme lo que quieras", qué ocurrencia. Una mujer veinte años más joven, desnuda y sola y se me ocurre poner las cartas boca arriba y exponerme totalmente. Mi jefe sonrió. Dijo algo así como "¿de veras?". Yo asentí sin atrever a levantar la mirada. "Muy bien, acompáñame". Casi todos los diálogos (como las situaciones) que reproduzco aquí son aproximados. Es imposible recordarlo todo palabra por palabra. Sin embargo, hay frases o situaciones que recuerdo con exactitud, como he dicho antes. Estas palabras fueron exactas. Acompáñame. Estaba loca. Él tenía mi ropa interior, había cogido al vuelo mi blusa y había recogido del suelo mi mini. Llevaba toda mi ropa y se encaminaba hacia el pasillo, fuera de su despacho. Sin pensarlo le seguí. No era la primera vez que me paseaba desnuda por las oficinas de mis compañeros, ni por la sala común donde estaban varias mesitas con sus ordenadores. Ahora era diferente porque había otra persona en la sala, pero no me importaba. Ya nada importaba después de todo lo que había visto esa persona. Después de todo lo que yo había permitido.
Pero mi jefe se dirigió a la puerta de salida. La abrió y salió. Yo me quedé paralizada. Las oficinas de la empresa estaban en un edificio exclusivamente para empresas. No eran horas de trabajo, era un viernes por la noche. Aún así, no era tan extraño que alguien de alguna otra empresa estuviera trabajando. Mi jefe se volvió al ver que no le seguía. Negué con la cabeza, le pedí que no me pidiera eso, y me respondió que era yo la que había tenido la idea. Que no pusiera ahora límites, si de verdad me estaba ofreciendo por completo. Lo pensé un segundo más y franqueé la puerta de salida, temblando no tanto de frío (que también) como de miedo. Mi jefe me cogió de la mano y me sentí como una niña pequeña. Primero porque él era alto y su mano muy grande, segundo porque me sentía en sus manos. Bajamos hasta la segunda planta, donde estaban las oficinas de una empresa de seguridad. Nos paseamos por los pasillos en silencio. Su mano se puso de nuevo en mi culo, y un dedo jugó con mi ano mientras seguíamos paseando. Cogimos el ascensor, me subió al cuarto, donde había varias oficinas de empresas pequeñas. Paseamos otro rato. Recuerdo que él me miraba de vez en cuando, miraba mis senos, mi sexo, me dejaba ir delante para mirar mi culo mientras caminaba. Yo no decía nada. Estaba muy asustada, atenta a cualquier ruido que pudiera significar actividad tras la puerta de alguna de esas oficinas. De repente, mi jefe se detuvo y me miró sonriente. Yo levanté los hombros y enseñándome mi ropa, me dijo que si quería que me la devolviera me lo tenía que ganar.
Yo sé que todo era un juego. En parte porque me lo decía con una sonrisa. Pero empezaba a entender que el juego debía ser acatado sin preguntar o poner trabas, porque precisamente así tenía sentido, tanto eso como todo en esa situación extraña en la que yo había terminado por estar desnuda y a merced de mi jefe. Sabía que podía romper las reglas en cualquier momento, que si me mostraba disgustada, si me ponía a llorar, si me superaba la situación, mi jefe dejaría de jugar. Y en realidad me superaba la situación. Me superaba con mucho. Sentía mi corazón golpear bajo la piel, sentía mi mente nublada. Pero no quería dejar el juego. Había una parte en él que estaba por encima de mi miedo y mi inseguridad. Una parte que me hacía sentir feliz en ese estado de sumisión. Así que le pregunté qué tenía que hacer para conseguir la ropa.
Para empezar, túmbate con la cara hacia el suelo, abre tus brazos en cruz y también tus piernas. Sentí un escalofrío solo de sentirme tan expuesta. Lo hice y sus manos empezaron a recorrer mi espalda, mis piernas, y finalmente mi sexo, entre las nalgas. Empezó a masturbarme y cerré los ojos, sintiendo sus grandes dedos frotar, pellizcar y soltar mis labios, mi clítoris. Al poco, llegó mi tercer orgasmo de esa noche. Cuando notó mi agitación, mis convulsiones, cuando estaba en el momento más placentero, puso un dedo en mi ano y lo hundió hasta dentro. Lo que sentí es indescriptible. Enloquecida, fuera de mí, no sabría cómo decirlo. Un dedo grande y gordo, casi como un pene, metido en mi ano hasta dentro y moviéndose dentro mientras aún me agitaba con el orgasmo. Lo sacó lentamente y volvió a meterlo con fuerza. Me hizo mucho daño. Tuve miedo de que me rasgara. Pero pudo conmigo más el placer, levanté el culo, abrí más las piernas, apoye mi cara contra el suelo y abrí las nalgas con mis manos. Sigue, por favor.
Un segundo dedo entro en la tercera embestida. El dolor se intensificó. Ahí sí que pensé que algo se había roto. Cerré los ojos. Le pedí que lo dejáramos, que me estaba haciendo mucho daño. Pero no cambié de postura. Recuerdo que me susurró al oído que bajara la voz porque si alguien estaba trabajando aún y abría la puerta, él saldría corriendo y me dejaría desnuda allí. Después me dijo, "relaja tu ano, por favor". Me lo repitió porque yo no lo conseguía. Y entonces me metió tres dedos. Quise gritar pero ahogué las ganas. Más tuve que hacerlo cuando empezó a girar los dedos dentro, y a meterlos y sacarlos rítmicamente. Comencé a llorar, aunque no sabría decir si de dolor o de placer. Cuando se cansó, sacó los dedos y los limpió en mi sexo, frotandose contra él. Me relaje y me quedé tirada en el suelo, aún con las piernas abiertas, sabiendo que él podía seguir mirándome. Al final me cogió de una mano y me levantó. Bajamos de nuevo al tercero, a las oficinas y allí me abrazó, sus manos volvieron a mis nalgas y sus dedos a mi sexo. Me dijo que lo sentía, que a veces se le iba la mano cuando estaba muy excitado. Yo creo que le dije que no importaba. Me dio la ropa y me dijo que pasara un buen fin de semana.
Cuando llegué a casa me miré el culo en el espejo. Estaba aún rojo, pero no vi nada ni toqué nada que estuviera especialmente dolorido. Pensé en sus dedos, dentro de mí, moviéndose, frotando las paredes internas, abriendo mi culo más y más. Estaba exhausta. Aquella noche me dormí deseando que al día siguiente fuera de nuevo viernes.

viernes, 19 de diciembre de 2008

El siguiente viernes de chat (2)

Bien, sigo donde lo dejé. Cuando conecté el chat, mi chico ya estaba esperándome. Me saludó y empezó a contarme cosas que ya habíamos hablado por mail. Cosas de la semana, etc. Mi jefe se había puesto de tal forma que no entraba en el campo de la cámara, pero podía leer lo que escribíamos. Yo estaba nerviosísima.
Quiero aclarar que yo quería mucho a mi chico. Llevábamos mucho tiempo saliendo, con él había tenido mis primeras relaciones sexuales y juntos habíamos descubierto casi todo lo que sabíamos del sexo, que era más bien poco pero suficiente para una pareja corriente que solo quiere sentirse más cerca del otro. Le quería. En cierto modo, sentía que esto era una traición. Por otro lado, continuar como si no hubiera pasado nada era una forma de no alarmarle, de que no se sintiera impotente estando tan lejos. Si le contaba que mi jefe me había descubierto y se estaba aprovechando, se sentiría impotente por no poder venir a "rescatarme". Si le decía que yo lo estaba permitiendo y que había algo que me estaba empujando a mantener ese estado, entonces lo perdería. Pensé en contárselo, pero más tarde, cuando estuviese aquí y como algo ya pasado. Mi prioridad ahora era que todo funcionase bien, que no notara la presencia de alguien extraño, que pensara que todo seguía como siempre. Por eso estaba nerviosa. Mi jefe podía dar un paso en falso (voluntaria o involuntariamente) y romper algo que me importaba mucho. En cierto modo, volvía a estar a merced de mi jefe. Aún no confiaba plenamente en sus intenciones, y tenía miedo de que se descubriera.
Mi jefe pidió que acelerase. Así que le dije a mi chico que se dejase de historias. Que ese día estaba muy excitada. Me preguntó si era cierto y le dije que no llevaba nada bajo la mini y la blusa. Me pidió que se lo demostrara y me abrí la blusa. La mirada se desvió un segundo a mi jefe, que no perdía detalle con una sonrisa. Mi chico me pidió que me dejase la blusa abierta y me quitara la falda. Lo hice, alternando la mirada al ordenador, desde donde me miraba mi chico y a mi jefe. Mi chico se bajó los pantalones y empezó a masturbarse, como solía hacer otras veces.

De nuevo estaba desnuda frente a mi jefe, como el viernes anterior. Y como entonces, comencé a sentir un cosquilleo que me subía por el estómago. Una sensación extraña que aún hoy me cuesta describir, porque en ella se mezclaba la vergüenza y el ridículo, la excitación y el miedo.
Mi chico me pidió que me acariciase. Hay recuerdos que tengo muy vívidos, que no se me borrarán nunca. Entre ellos esta tarde entera. Y hay momentos que aún hoy hacen que me excite solo con evocarlos, como cuando el índice y anular abríeron mi sexo y mi dedo corazón comenzó a frotar el clítoris lenta, suavemente. Mi mirada tímida y excitada se fijaba en los ojos de mi jefe clavados en la escena. Sentirme observada de esa forma me ponía más aún. Mi dedo se entretenía, mientras mi clítoris se abultaba y humedecía. Mis otros dedos abrían más los labios y me sentía más expuesta y cada vez más excitada. No tardé en conseguir un orgasmo. Mi jefe me hizo una seña de que saliera del campo de la cámara. Le dije a mi niño que iba a limpiarme y que esperara un segundo. Fue dejar el campo de visión de mi chico y mi jefe me tomo de las nalgas, puso su lengua en mi sexo mojado y empezó a lamer y mordisquear. No sé si en otro estado lo hubiera soportado, pero estaba tan excitada que ni pensé. Aún estaba sensible mi clítoris con el reciente orgasmo, cada vez que me lo tocaba con la lengua me producía una pequeña agitación. En un minuto estuve de nuevo enloqueciendo. Mis manos acariciaron su nuca. Sus manos, grandes, empezaron a atrapar mis nalgas, a jugar con ellas. Su lengua siguió recorriendo mis zonas húmedas, limpiándome e invadiendo mi interior, y uno de sus gruesos dedos empezó a abrirse camino en mi culo. Yo abrí las piernas, ahogué un grito, me sentí en el cielo.
Después de otro orgasmo, temblando, volví frente a la cam. Mi chico seguía masturbándose. Había empezado conmigo pero al no verme se había enfriado un poco. Me pidió que me quitara la blusa. Mis piernas seguían temblando sin remedio. Tiré mi blusa hacia mi jefe, que la agarró, detrás del monitor. Mi chico me pidió que me diera la vuelta. Quería mirar mi culo. Me agaché, abrí mis nalgas, segura de que mi jefe seguía también mis movimientos. Me pidió que metiera mis dedos en el ano, uno por uno. ¿Cómo iba a saber mi pobre niño que lo que él apenas alcanzaba a adivinar se lo estaba mostrando a otro con mucho más detalle? De nuevo me sentí totalmente expuesta, no solo por estar desnuda. Sentí que podían hacer conmigo lo que quisieran, mi chico y mi jefe. Que me podían pedir cualquier cosa y yo la haría sin queja. Incluso si me pedían hacerme daño. Me sentía como si ya no tuviera nada más que perder. Recuerdo que mi mente se nubló un instante, perdiendo todo juicio. Mis ojos cerrados, de espaldas a mi jefe, con mis manos abriendo las nalgas y dos de mis dedos jugando, entrando y saliendo de mi culo. Me estaba volviendo loca.
Cuando me volví, mi chico ya había eyaculado. Se fue un instante para lavarse y se lo dije a mi jefe. Éste aprovecho para acercar su mano y volver a acariciarme todo el cuerpo. Su simple contacto me producía escalofríos. Estaba muy sensible. Cuando sus dedos se entretenían en mis senos, o en mi culo, o en mi sexo, jadeaba, exhausta por los dos orgasmos recientes. Le pedí que volviera a sus sitio, que mi niño podía verle, pero en aquel instante me habría dado igual todo si él hubiera seguido tocándome de aquel modo.
Por fortuna, mi niño estaba cansado después de terminar. Me dijo que mejor lo dejábamos para otro día y cortamos la comunicación.
Desnuda, miré a mi jefe. Ahora sí estaba sola frente a él. Sola y aún perturbada. Porque lo que le dije a continuación, no lo habría dicho nunca estando serena: "Pídeme lo que quieras".
(Continuaré pronto, lo prometo)

martes, 9 de diciembre de 2008

El siguiente viernes de chat

Hola a todos. Quiero lo primero de todo dar gracias a los que dejáis comentarios. Desde el primero a los últimos, Iosef y Carolina. Lo que respondo a Iosef (en el primer capítulo) vale para todos.
Mi segundo mensaje es para pedir perdón por la falta de ritmo de este blog. Escribo cuando puedo y a veces me falta tiempo para todo. Soy una mujer inquieta, y eso hace que mis aficiones se resientan. Pero seguiré escribiendo. Por favor, no dejéis de visitar este blog, aunque sea de vez en cuando. Los que leéis y, sobre todo, los que dejáis comentarios, contribuís a mantenerlo vivo.

Dejé el tema en la "entrevista" con el director. Alguien me ha escrito en su comentario que solo quería aprovecharse de mí. Yo también lo entendí así al principio. Me sentía muy presionada. Debo decir que no me di cuenta en aquel momento, sino que lo que voy a decir a continuación es fruto de una reflexión posterior, en parte actual, al escribir ahora. Pero me sentía presionada entre dos sentimientos:

Para empezar, veía algo velado en el comportamiento de mi jefe. Él no lo decía abiertamente, daba a entender que yo era libre, pero, ¿Qué habría pasado si me hubiera negado a seguir cuando él se acercó? ¿Me habría dejado ir? Al principio, pensé que no. Que tan solo era una forma de no involucrarse, de dejar constancia de que él no me obligaba a nada pero que, en el fondo, yo estaba en sus manos. "No te lo voy a decir a las claras, pero mejor será que hagas lo que te pido". Era perfecto. Sin amenazas, sin necesidad de decirlo, de manera velada estaba a su merced. Es posible que yo hubiera intentado negarme para comprobar si al darme libertad decía la verdad, pero...

Pero estaba el segundo tema, que tiraba de mí desde el otro extremo y que me estaba volviendo loca. Yo, que tenía un chico y una vida normal, que nunca había demostrado ninguna apetencia sexual especialmente extraña, me descubría a mí misma disfrutando con esa situación. Había disfrutado el viernes al ser mirada, me había excitado cuando mi jefe me había tocado de esa forma... Situaciones como para salir corriendo, que a cualquier chica decente o normal le habría echo temblar o pegar una bofetada al ultrajador. Algo dentro deseaba terminar con ese estado a merced de mi jefe, y algo quería que se prolongase e incluso se acentuase. Ante las dos presiones, lo único que hice fue callar. Callar y dejar que el tiempo siguiese su curso, por ver si de una forma natural todo esto llegaba a un lugar. Como digo, no fue algo reflexionado. Fue que me sentía entre dos paredes, con una única dirección por la que seguir.

Había una tercera presión que tenía que mantener. Mi chico no podía saber nada. Cómo explicarle que mi jefe me había pillado? En un correo me había preguntado si nos veíamos el viernes (se entiende que por cam) y le respondí que en principio sí. Si le decía que me habían pillado, ¿cómo explicarle que quería seguir con la cam a pesar de lo que había pasado? También con él creí bueno guardar silencio, al menos hasta tener las cosas más claras.

Después de la entrevista que tuve ese miércoles no pasó nada con mi jefe ni ese día ni el siguiente. Pero el viernes por la tarde el director apareció en la empresa. Creo que por la cara de asombro de todos los empleados debía ser la primera vez que asomaba su cabeza una tarde de viernes. Yo sabía a qué venía, claro. A pesar de eso, al verlo, me quedé un momento pasmada, en mi mesita, mirándole, y recuerdo que me recorrió un escalofrío. Él me sonrió y luego dijo a su secretaria que tenía que terminar algunos temas, que no se preocupasen y se fuesen si querían. Y así, a las siete de la tarde desaparecieron todos y nos quedamos solos mi jefe y yo.

A las siete y media salió de su despacho y me dijo algo así que ya no quedaba nadie. Que no teníamos que fingir más. Me dijo que cuando quisiera me podía conectar con mi chico, que llevaba esperando toda la semana. Le dije que hasta las ocho no me conectaba normalmente y que le iba a parecer raro. Se quedó mirándome pensativo.

Me acabo de dar cuenta de algo imperdonable. No he hablado de mi jefe, de cómo es. No creáis que es atractivo, no es eso lo que me sedujo o lo que me movió a seguir el juego. Es alto y para su edad, por entonces tendría los cincuenta, se mantenía delgado. Pero no es guapo, más bien al contrario. Lo que sí ha tenido siempre es porte, ya sea porque va de traje y corbata a todas partes, ya sea porque es alto y además erguido. Da una sensación de estar seguro de todo, lo cual es muy confortable. Una cosa más, que puede parecer trivial, pero para mi es uno de sus encantos: tiene las manos grandes. Las mías se pierden en ellas.
Bueno, perdón por la interrupción, continúo. El caso es que se me quedó mirando y me dijo. "Muy bien, entonces tenemos media hora". Media hora para qué, me pregunté yo. Supongo que mi jefe me vio vacilar, o posiblemente notó que estaba muerta de miedo. Que yo no hubiera dicho nada en toda la semana, que no me hubiera negado a nada no significa que tuviera muchas dudas sobre lo que estaba pasando, creo que ya lo he dejado claro. Y en ese momento en que nos habíamos quedado solos yo estaba hecha un flan. Lo notó porque se acercó me hizo una caricia en el hombro y me dijo, "Mira, Marta, no te preocupes. Vamos a empezar poco a poco. ¿Te parece?". Yo asentí como una tonta. Me dijo que entrara en el baño, que me quitara la ropa interior y que me volviera a vestir.

Como todos los días que quedaba con mi chico, yo llevaba una minifalda y una blusa. Cosas fáciles de quitar y de poner para agilizar el tema por cam.
Hice lo que me pidió. Cuando salí, mi jefe me pidió sujetador y braguitas. Recuerdo que me alabó el gusto porque eran una braguitas con piolines, muy graciosas. Le dije que eran las preferidas de mi chico y que tenía varios modelos. Dijo que le gustaría verlas otro día puestas, dobló mi ropa interior y la metió en su bolsillo.

Lo siguiente que me dijo fue  que me desabrochara la blusa, que íbamos a probar varias posturas. No lo entendí en ese momento, pero hice lo que me pidió. Me desabroché un botón más de los que acostumbraba a llevar sueltos y me pidió que me inclinara. Creo que desde su posición me veía casi todo. Tal vez no llegara a verme los pezones, pero sin duda me veía los senos casi por entero. Me hizo inclinarme más y menos, me miró desde la izquierda, desde la derecha y de vez en cuando asentía con satisfacción. Después me pidió que subiera a una escalera que teníamos para acceder a los archivos más viejos. Mientras la subía, él miró desde abajo, y me sentí desarmada. Mi culo entero estaba a su vista. La falda era cortita y si bien a la altura normal no enseñaba nada, desde aquella posición, sin duda no podía evitar de ninguna forma que me viera todo. Me pidió diferentes posturas, como poner un pie en la estantería, dejando abiertas mis piernas, que me agachara como si fuera a coger un archivador del estante inferior, etc. Así estuvimos unos minutos y cuando se dio por satisfecho me pidió que volviera a bajar. Cuando lo estaba haciendo, sin ningún pudor me puso una mano en el culo, bajo la falda. "Deja que te ayude", dijo. Y yo, de nuevo, deje hacer. En cada orden suya que yo acataba, en cada contacto que yo permitía, tenía la sensación de que estaba cayendo en una trampa y, a la vez, que estaba explorando un terreno nuevo. Peligroso como un campo de minas pero muy atractivo. Sabía que cada cosa que permitía promulgaba una ley tácita que le daba nuevas alas a mi jefe. Si volvía a hacerlo y yo me negaba sería raro porque ya lo había permitido una vez. Sé que las cosas no son así, que yo puedo parar cuando quiera. Pero me sentía así, como si cada cosa que permitiera significaba permitirlo para siempre. Y sin embargo, no protesté. Su mano fría tocó mi culo al bajar de la escalera. Una mano grande que cubría gran parte de mi culo. Sentí un calor intenso en las mejillas. Me estaba poniendo roja. Sus dedos, como la primera vez cuando me abrazó, se asentaron entre mis nalgas, abriéndose camino entre ellas hasta mi sexo. En lugar de apartarlos, me quedé quieta, permitiendo que el momento se alargase. Yo no me daba cuenta en ese momento de que estaba entrando en un mundo nuevo con pasos de gigante.

Cuando terminé de bajar la escalera mi jefe me dijo que ya era la hora de poner la cam para mi chico. No me había dado cuenta, esa media hora había pasado en un suspiro. Le pedí la ropa interior y me dijo que no. Que me inventara algo para excusarme.
Encendí el ordenador, mi jefe se puso al otro lado de su despacho, se sentó en la silla de invitados y sonrió. Le dije que al principio no solía desnudarme, que pasaba un buen rato antes de llegar a eso, precisamente para evitar lo que había pasado con él la semana anterior. Mi jefe asintió, pero me dijo también que le diera una sorpresa a mi chico, que empezara hoy antes el juego. Yo asentí y puse en marcha el chat.

Siento tener que dejarlo aquí, pero espero no tardar tanto como la última vez. Volveré a escribir en cuanto saque un huequito. Gracias y un beso a todos.




jueves, 27 de noviembre de 2008

A la semana siguiente

Por mucho que lo deseé el domingo, por mucho que me rompí la cabeza para intentar evitarlo, llegó el lunes. Y por la tarde tenía que ir a trabajar. Durante el fin de semana el sentimiento de arrepentimiento por todo lo que había pasado casi me vuelve loca. No sé si habéis pasado por algo parecido, pero solo pensar en ello me encogía el corazón, me lo helaba y me dejaba paralizada. Creo que mi rostro se transformaba porque en casa me preguntaron si me pasaba algo.
El lunes no fui a trabajar. El martes tampoco. A la uni fui como una zombi. No prestaba atención, mi mente se iba a lo sucedido el viernes a cada momento. Veía de nuevo a mi jefe filmando, siguiendo mis movimientos, colocándose de vez en cuando su pene en el pantalón. Me avergonzaba pensando que ante eso yo aún me había mostrado más dispuesta, más abierta. No hacía caso de las conversaciones entre clase y clase.
El miércoles por la mañana, mi jefe me llamó al móvil. Me dijo que entendía lo que me estaba pasando pero que quería tener una conversación conmigo. Le dije que no me encontraba bien y no tenía ganas de nada, pero insistió. Me recordó que no estaba en situación de negarme, después de lo que había hecho. Y en el fondo tenía razón. En realidad, si alguien se había comportado mal ésa era yo. Yo había utilizado el ordenador de un director de empresa sin su permiso, yo me había desnudado y había hecho cosas penosas en un lugar que no era mi casa. Si acaso, lo único fuera de lugar para mi jefe era haberme tocado de aquella forma al final. Pero incluso eso lo había permitido sin una sola muestra de protesta. Ni siquiera veía fuera de lugar la grabación que hizo mi jefe. Tan solo era una prueba para demostrar mi delito, que yo incluso había permitido.
El miércoles por la tarde fui a la empresa. Me excusé con los compañeros de la oficina diciendo que había estado enferma, y justo cuando una de las secretarias comentó que debía haber llamado, apareció el director y dijo que lo había hecho, que le había llamado a él pero se había olvidado comentarlo. Después me llamó a su despacho.
Me temblaban las piernas. Me senté  frente a su mesa de despacho casi mareada. Mi jefe notó enseguida que estaba casi al borde de un ataque de ansiedad e intentó tranquilizarme. Me dijo que no me preocupara, que no tenía intención de enviar la cinta que había grabado a la policía ni utilizarla para denunciarme, y que mi puesto no corría peligro, aunque a mí, lo que menos me importaba en ese momento era ese empleo que me pagaban míseramente por horas. Me dijo que lo que había pasado el viernes lo entendía, que no era ningún delito, y se excusaba por su comportamiento, por haberme obligado a volver a conectar con mi novio y por haberme tocado al final. Que no era algo de lo que se sintiera orgulloso, precisamente.

Fue inesperado. Durante el fin de semana, durante esos días que falté al trabajo, esperaba encontrarme con una carta de despido, con una denuncia, o lo que es peor, no soy tonta, con alguna petición a cambio de su silencio. Me sentía atrapada y a merced de mi jefe y toda mi ansiedad venía de eso. Y de repente, desapareció. Mi director estaba pidiéndome perdón por introducirse en mi intimidad de aquella manera. Me vino a decir que yo era libre de hacer cuanto quisiera, que él no era nadie para interrumpir mi vida.

Sonreí de agradecimiento y él lo hizo también. Le dije que sentía haber utilizado su oficina para esas cosas. Rechazó y me dijo que no tenía importancia, que incluso le hacía ver de otro modo su despacho. Me preguntó si lo había hecho más veces y le respondí que sí, que lo hacía todos los viernes, y él me dijo que lo sospechaba. Añadí que no lo haría más. Me sentía como con un amigo. Alguien que me respetaba, después de todo lo que había visto, merecía ese apelativo. Seguimos hablando un buen rato. Me dijo muchas cosas, que era guapa, que tenía un bonito cuerpo, que no se le quitaba de la cabeza lo que había visto. Me dijo que tenía que tener una vena morbosa para hacer todo eso. Me lo decía con una sonrisa, sin censura. Y yo asentía. Me dijo que había notado algo el viernes. Que a pesar del disgusto de verme descubierta él notó algo más. Yo me quedé callada, no sabía a qué se refería. Así que él me dijo que solo era una intuición, pero que creía haber visto en mí cierto agrado en mostrarme. Yo perdí la sonrisa de golpe. Solté un "¿Cómo?" o algo así. 
Mi jefe me dijo que me tranquilizara. Que no quería decir nada con eso, pero que hiciera un poco de análisis interior y que me sincerara conmigo misma y con él, si quería. Era lo menos que podía pedir. Me situé de nuevo en el viernes. Y la verdad es que tenía razón. Creo que fui consciente por primera vez en aquel momento. No al principio, pero el hecho de estar desnuda frente a mi jefe, el hecho de que me sintiera indefensa, a su merced me había estimulado. Asentí. Mi jefe me dijo que era normal. Que no me asustara. Que el morbo forma parte de la sexualidad y es algo sano. Entonces se levantó. Me dijo que no me obligaba a nada. Me pidió que pensara con libertad absoluta, sin prejuicios, sin falsa moral. Puso una mano en mi muslo, lo que me hizo dar un respingo. A pesar de eso, él la subió lentamente. Yo llevaba una faldita de cuadros por encima de la rodilla. Su mano se deslizo bajo ella. Entonces me dijo que, desde ese punto de vista de libertad absoluta, solo si realmente lo deseaba, apartara su mano.
No lo hice. Ni cuando su mano empezó a frotar mis bragas, ni cuando las apartó, ni cuando sus dedos empezaron a moverse entre mis labios vaginales, ni cuando empezaron a jugar en la entrada. Al contrario, yo noté que me humedecía. No, que me mojaba. Sin apartar su mano me dijo que sabía que yo tenía un componente morboso que tenía que alimentar para sentirme viva, que si le dejaba, él podía mostrarme muchas puertas para dar de comer ese sentimiento. Me quedé paralizada, porque me estaba percatando por primera vez que esas palabras guardaban un mundo nuevo que, para mi sorpresa, quería conocer. Tenía mucho miedo pero era diferente al que había sentido al entrar en ese despacho. Le dejé hacer hasta que escaparon los suspiros inevitables. Delante del director tuve un orgasmo que me dobló. Él sonrió y apartó la mano. Me acarició la mejilla y no dijo nada más. Entendí que podía salir del despacho y fui directamente al baño, donde me encerré y me senté en la taza. ¿Me había vuelto loca?

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Desnuda frente a mi jefe (2)

Siento escribir tan de vez en cuando, pero estoy muy muy ocupada y me cuesta mucho mantener este blog. Lo siento, intentaré escribir más a menudo.
Bien, el caso es que mi jefe se había dado cuenta de algo que los dos habíamos pasado por alto porque yo estaba desnuda, que yo había accedido a un ordenador que no era mío y que podía contener asuntos privados, y que eso era delito. Me vino a contar que si se hubiera encontrado con cualquier empleado suyo haciendo eso, no solo estaba despedido sino que sería denunciado. Bueno, no entiendo mucho de eso, pero vamos, que tal vez terminara en la cárcel. Que estaba obligado a hacer lo mismo conmigo, más aún si yo era tan solo una becaria de la uni.
Yo me derrumbé. Le juré y le perjuré que yo nunca había mirado nada en su ordenador, que me conectaba con él porque era el único que tenía cam y micro y que así hablaba con mi chico y que esa era la razón por la que estaba desnuda. Me dijo que no me podía creer y que al haber asuntos privados, le gustaría comprobar si realmente yo tan solo lo usaba para lo que decía.
Al final, no había otra forma de demostrárselo que volver a conectar con mi novio. Me dijo que era una tontería disgustarle diciéndole que me habían pillado y que lo mejor era que actuara como siempre. Estuve de acuerdo.
Volví al ordenador y volví a poner mi msn. Le dije a mi chico que el ordenador se había bloqueado a saber porqué. La verdad es que lo único que había acertado a hacer cuando oí el primer ruido de la cerradura de la puerta fue cerrar el programa, así que se lo creyó. Empezamos a hablar de nuevo. A mi se me notaba el disgusto, claro. Mi chico lo notó, pero yo le dije que no pasaba nada, que solo estaba un poco asustada porque ya era muy tarde.
El director se puso detrás del monitor, de manera que para mi chico yo estaba sola. Le pedí que siguiéramos con lo que habíamos dejado a medias. Era la única forma de demostrarle al jefe que yo no entraba para nada en su ordenador. Y claro, mi chico no quería otra cosa que sexo.
Me pidió varias cosas de las que no recuerdo todas. Si recuerdo que mi jefe seguía todo atentamente. Me abrí el sexo para mi chico, me masturbé, me metí algún juguete, también por atrás, todo para mi chico... y para mi jefe. Después de un rato, mi jefe sacó una cámara. Yo estaba entre la espada y la pared. Quizá debía haber cortado la comunicación con mi chico de nuevo y ocultarme de la cámara, pero en aquel momento no acerté a hacerlo. Seguí con las cosas que me pedía a través del msn mientras mi jefe lo grababa todo. Hice delante de esa cámara de todo. De todo. Mi chico me pidio incluso que me pasara por el sexo algunos bolis  y algún otro objeto que tenía mi jefe por la mesa y yo no tuve más remedio que hacerlo. 

No podéis imaginaros cómo estaba por dentro. Destrozada es poco. Creo que algo cambió esa noche en mi cabeza. Creo que algo se rompió y no volví a ser la de antes. Lo digo porque después de un rato, me dije que ya nada de esto tenía arreglo. Que estaba pasando, que no podía volver atrás. Y de repente, me vi a mí misma, abriéndome más, no a pesar de que mi jefe estaba allí, sino porque estaba precisamente. Me vi asustada, rota, pero entre todas esas sensaciones desagradables, se abría camino un pequeño disfrute, debido al morbo de la situación. No me habría atrevido a aceptarlo si hubiera sido consciente o si me lo hubieran preguntado, pero había algo que me empujaba a hacer todo lo que me pedía mi chico con una dosis de turbación y otra de deseo de mostrarme más que nunca. Cuando mi chico me pedía que me volviera a meter uno de los juguetes por el ano, me vi poniendo la mejor postura para que me viera mi jefe, y metiéndolo más adentro de lo que lo había hecho hasta entonces. Cuando me pidió que me masturbara, me encontré buscando una posición donde pudiera grabar bien mi jefe, esperando que hiciera zoom, que filmara con detalle.
Cuando mi chico se cansó cortamos la comunicación. Mi jefe dejó de grabar. Yo estaba cansada, partida en dos, destrozada mentalmente. Me senté en su silla y puse la cabeza entre las manos, ocultando mi cara y mis lagrimas. Entonces se acercó mi jefe. Me hizo ademán de que me levantara y me abrazó. Un abrazo fuerte. Os aseguro que era lo que más necesitaba en ese momento. Me dijo al oído que no me preocupara. Que me creía. Me sentí reconfortada y lloré en su hombro. Fue entonces cuando sus manos bajaron y empezaron a tocar mis nalgas, y sus dedos empezaron a adentrarse más entre ellas. No dije nada. Dejé hacer mientras me apretaba fuerte a él. Después de un rato me devolvió la llave del armario donde estaba mi ropa y me dijo que por hoy era suficiente. Que descansara. Dijo "por hoy". Y eso me hizo temblar, pero una vez más me calle. Solo quería irme a casa.
No dormí aquella noche de viernes, ni la siguiente, ni la del domingo. El fin de semana fue una pesadilla. Y el lunes tenía que ver a mi jefe de nuevo.

Seguiré otro día, espero que tarde menos que esta vez en volver a escribir. Estoy muy ocupada, pero siento no poder hacerlo con más ritmo. Espero no perder con ello a mis pocos lectores. A vosotros gracias. Necesito contar estas cosas a alguien para sentirme bien. 

jueves, 16 de octubre de 2008

Sola, desnuda y con mi jefe delante

Hola de nuevo. Siento no escribir con más asiduidad, pero lo hago cuando puedo y no estoy cansada. 

Resulta que mi jefe me  pilló desnuda y atrapada en su oficina y en su despacho. Para colmo, estaba en un juego en el que no podía rescatar la ropa porque la había dejado bajo llave. El pobre hombre no sabía donde meterse y yo mucho menos. Creo que empecé a respirar fuerte, o a llorar, porque mi jefe intentó calmarme. No me tocó. Yo estaba muy nerviosa y, si eso se me notaba, supongo que comprendió que un acercamiento suyo no mejoraría las cosas. Pero empezó a mover sus manos intentando calmarme. Creo que mi jefe estaba tan ofuscado como yo. Por un lado le fastidiaba haberme encontrado así, usando su despacho, y por otro intentaba calmarme porque me veía realmente echa polvo.

Las cosas que recuerdo a partir de entonces no están muy claras. Él consiguió calmarme un poco, supongo. Lo suficiente para hacerme pensar. Creo que me dijo que me vistiese y yo le dije que tenía que coger la ropa de otro sitio. Lo que sí recuerdo perfectamente es que él estaba tan nervioso como yo y que no acertó a apartarse de la puerta cuando yo salía para buscar mi ropa, así que me rocé con él y nos apartamos como del fuego.

El pobre hombre repetía de vez en cuando "Joder Marta" y  no acertaba a decir más, pero no apartaba la mirada. Después me ha confesado muchas veces que se encontraba atrapado entre la comprensión de mi situación y su deseo de verme desnuda y atreverse a más. Cuando fui al cajón donde estaba la segunda llave él siguió mis pasos. Tardé un buen rato en poder abrirlo, imagínate cómo estaría para no poder dar con el cerrojo del cajón. Para cuando saqué del cajón la otra llave, creo que ya le dio tiempo a pensar y decidir, porque fue entonces cuando se acercó a mí y me dijo "espera, dame esa llave". Yo me puse blanca.

Le dije que esa llave era la del armarito y que ahí tenía mi ropa. No recuerdo con qué palabras ni si fue exactamente así, pero él me respondió que debía darme cuenta de mi situación. Que al principio se había bloqueado con el hecho de que yo estuviera desnuda. Pero que si pasábamos por alto eso, la realidad es que yo, que ni siquiera era un empleado, había entrado en su despacho, había encendido su ordenador, había abusado de su confianza. Que había roto algo que para él era muy valioso. Y que todo eso era delito.

Me puse a temblar. 

Como siempre, escribo más de lo que quiero. Otro día sigo.


martes, 14 de octubre de 2008

Me han pillado

Pasó una noche de viernes. No puedo leer lo que he escrito antes y no sé si lo dije ya, pero las videoconferencias las hacíamos los viernes casi siempre. Hacia las siete de la tarde yo me quedaba sola. Mi horario terminaba a las siete y media pero el de los empleados acababa antes, por ser viernes. Durante un buen rato mi chico y yo hablábamos sin más. Nos contábamos qué tal la semana y bueno, qué ibamos a hacer el finde y esas cosas. Hacia las diez de la noche empezaba el juego. A veces me iba pidiendo que me quitara la ropa, a veces jugábamos con unas cartas que había hecho él y que pedían a uno o al otro o a ambos que hiciéramos algo como, no se, sentarnos sin ropa en el asiento de otra persona, o que me metiera por el escote algún objeto de la oficina, o que me pasara el teléfono de algun compañero por mi cuerpo, bueno, juegos.

Ese viernes no recuerdo la hora que sería. Llevábamos bastante rato jugando, por lo que pasaría de las once y media. Mi chico me había pedido que metiera toda mi ropa en un armarito de un compañero que tenía llave y que dejara esa llave en un cajón de otro compañero, también cerrada con llave. Esa segunda llave la dejé a la vista de la cam. Cuando digo toda la ropa digo toda. Era un juego más de los que hacíamos.

No se cuántos días habíamos hecho estos juegos. Esto pasó por febrero, así que ya llevábamos haciéndolo desde octubre del año anterior. No sé cuántos viernes habrían pasado. Si alguien quiere contar, que descuente los de Navidad, que mi chico volvió por entonces. Lo que quiero decir es que ya eran muchos viernes y nunca había venido nadie. Estaba muy confiada. Cómo iba a pensar que alguien se acercaría y menos tan tarde.

Pero ocurrió. Mi jefe abrió la puerta y quizá, mientras oía las vueltas del pestillo, me habría dado tiempo a vestirme a toda prisa si no hubiera estado todo bajo llave. Lo único que acerté a hacer fue cerrar la videoconferencia.

Creo que no me ha dado vuelco el corazón de esa forma nunca antes ni después de aquello. El corazón se me puso a cien, a mil. Creo que podía oírlo mientras me tapaba como podía. No sé si me subió la temperatura pero sentí un calor que surgía de dentro. Seguramente me puse roja. La vergüenza casi me hace desmayarme. Hubo un momento en que me dio vueltas todo.

Me bloqueé. No acertaba a decir nada, empecé a tartamudear saludando (creo). Mi boca temblaba. Estuve a nada de tener un ataque de nervios y empezar a gritar. Pero él me miró y se quedó quieto. Recuerdo que se pasó la mano por el pelo varias veces antes de acertar a decir algo. Resopló varias veces y al final dijo "Joder Marta". Al final, a mí me dio por llorar.

Lo siento, pero seguiré otro día. No esperaba que se me hiciera tan largo, pero necesito contar bien el pasado para que se entienda el presente. Ahora, al contarlo, veo que me gusta revivir lo que ocurrió, aunque por lógica lo hago desde un punto de vista muy diferente al de aquel día.

Un saludo, si hay alguien al otro lado. Me encantaría saber que hay alguien ahí. Todo esto tendría más sentido.

viernes, 10 de octubre de 2008

Como empezó todo

Este diario empieza de manera puntual, en un momento concreto de mi vida, y conviene hacer un poco de memoria, porque creo que nadie es sin haber sido. Si el diario fuera para mí, es de prever que me evitaría este capítulo, pero es muy posible que en ese caso tampoco tuviera un interés en empezarlo. Lo que significa, en el fondo, que este diario, o bien está para ser leído por otros o no existiría. Esos otros, por imposición propia, son desconocidos. Quiero que sean desconocidos. Y un desconocido, necesita cierta perspectiva para la comprensión del otro. Quizá pueda resultar un rollazo, pero creo que es necesario. Intentaré ser breve.

Tengo 24 años. A poco de cumplir los 25 me estoy encontrando con que me siento que nunca he vivido como estoy viviendo ahora. Y esto es parte de lo que me lleva a compartir y a querer contar. Puedo decir que hace dos años terminé psicopedagogía en una universidad de una provincia, aunque soy de Madrid. Ahora mismo estoy trabajando en una residencia de ancianos. De mi presente, no hay nada más que pueda interesar.
Hace cinco años tenía novio. Era el único que había tenido hasta entonces. Quiero decir que con él hice el amor por primera vez, con él viajé por primera vez, etc. Desde los 14 años estaba con él. Era un buen tío y, si vuelvo la vista atrás, ahora me parece un poco ingenuo, pero no más que nuestra relación. No tenía ninguna intención. Ni de casarme, ni de empezar nada serio.
Yo tenía entonces 19 años y él consiguió una beca en Italia para estudiar un año allí. Como él estudiaba historia, la verdad es que era una oportunidad única. Así que se fue.
Yo ya alternaba desde hacía un tiempo los estudios con un trabajo en una empresa que dependía de mi universidad. No servía para pagarme la matrícula, pero sí para tener mejor fin de semana.
El caso es que el ordenador del despacho del director de esa empresa tenía web cam, por entonces algo bastante más extraño que hoy en día. Los viernes por la tarde solía quedarme sola, porque todos libraban y porque había suficiente confianza en mí.
Se lo comenté a mi novio y no tardamos mucho en empezar a hacer videoconferencias, aunque él tenía un ordenador solo con micro. Supongo que ya os imaginaréis que no lo dejamos  solo en hablar. Pasado un tiempo, y entrada ya la noche, yo empecé a hacer cosas más subidas de tono. Empecé a quitarme la camiseta o el top, después me atreví con más cosas y bueno. Desde luego, no desde el primer día, pero poco a poco me fui atreviendo a hacer cosas que solo hacía en la intimidad.
No quiero hacerme la tonta ahora. El hecho de que lo hiciera en un lugar diferente a mi dormitorio tenía algo. Tenía morbo. No voy a cortarme, diré las cosas como son. Pasado un tiempo, hacía de todo delante de mi novio, me masturbaba, me metía juguetes, jugaba con objetos del despacho...
Creo que todo esto habría quedado en eso, nunca estaría contándolo aquí, aunque sea de una manera anónima, si no fuera porque mi jefe terminó pillándome.
Y de momento lo dejo aquí. El próximo día contaré cómo me pilló.

Me gustaría mucho que los que leéis esto me escribierais. Un besote y hasta pronto.

jueves, 9 de octubre de 2008

A modo de presentación

Empiezo hoy este blog, así que, por favor, sed piadosos. Como veréis, en el título uso, hago homenaje, copio vilmente, como queráis, el título de una peli de Bigas Luna, "Yo soy la Juani". Y lo hago, primero porque creo que mi estado actual es muy parecido al de la protagonista al final de la película, porque Bigas Luna me gusta (y no creo que ésta sea su mejor filme) y porque me gusta aún más Dani Martín, no tanto por la interpretación como por sus canciones en "El canto del loco".

Me gustaría convertir este blog en el más puro sentido de diario. Sé que una de las características de un diario es que es privado, personal, no debería estar destinado a que nadie lo lea. No sé si este blog llegará a conseguir interés por parte de alguien. Pero lo bueno de esto es que puedes publicar desde el anonimato, lo que permite que las cosas que sean privadas se puedan compartir sin perder intimidad. Ese es el deseo de este comienzo. Creo que tengo cosas que contar, cosas un tanto personales, privadas pero que me gustaría que alguien leyese y me contestase. No son aspectos de mi vida que me atreva a contar en mi vida normal, ni siquiera a amigos por muy íntimos que sean. Bueno, algunas sí, pero no todas. He intentado a veces quitarme la espinita hablando por chat anónimamente. Esto es una experiencia nueva. Veamos qué resultado me da.

Ah, un inciso más. No me gusta andar diciendo todo/toda, ni toda/a, ni tod@. De siempre, el neutro en castellano ha coincidido con el masculino. Así que cuando yo digo "mis amigos" o "a todos", me estoy refiriendo a amigos y amigas, y a todos y a todas. No sé si es necesario hacer el inciso, pero me quedo más tranquila.

De momento lo dejo aquí. Esto pretendía ser tan solo una presentación. En la siguiente contaré algo más de mí. Un besote a todo el que lo lea. ;) 

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